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martes, 9 de julio de 2019

Políticas de cultura y comunicación Hacia un nuevo orden mundial de la cultura y la comunicación


Toda organización política (y, por lo tanto, toda organización) debe tener en su “agenda” la problemática histórica actual en materia de cultura y comunicación. No es mucho pedir y no hay escapatorias. Ya tuvimos tiempo de sobra para aprender que, entre todas las batallas que la humanidad libra hacia su emancipación, los “territorios” de la Cultura y la Comunicación han sido especialmente colonizados y mayormente plagados con derrotas muy severas.Pero no se trata de priorizar la cultura y la comunicación en una “agenda” donde se las entienda exclusivamente como “espectáculo”, “entretenimiento” o “curiosidad”… como suele hacer cierto sector de las oligarquías y sus burocracias. No se trata de fingir, con discursos, que nos ocupa o preocupa la “diversidad” expresiva de los pueblos. No se trata de repetir la mueca clientelista que reparte becas, o subsidios, a los amigos y a los amigos de los amigos. No se trata de convencernos con sesudas disquisiciones academicistas ni convenciones internacionales plagadas con naderías en la práctica. De lo que sí se trata es de habilitar, profundizar y ensanchar el ejercicio de derechos humanos inalienables como son el derecho a la cultura y el derecho a la comunicación, no sólo en igualdad de “oportunidades” sino, principalmente, en igualdad de condiciones.
Una “agenda” de cultura y comunicación para nuestro tiempo, debe interesarse por la democratización de las herramientas de producción, distribución e interlocución del “sentido”. Debe interesarse por el ascenso de una corriente semántica renovada por el fragor de las luchas sociales que en todos los ámbitos (ciencias, artes, filosofías, tecnologías…) viene librando la especie humana para garantizarse un lugar digno en su propio desarrollo y no un lugar de “espectador” sometido por un sector social acaparador e históricamente opresor de las mayorías. Tal “agenda” debe interesarse, (inter, multi y transdisciplinariamente) por erradicar los medios y los modos con que los pueblos han sido infiltrados con “valores” o “antivalores” que sólo convienen el statu quo y que han inoculado núcleos de “falsa conciencia” redituables a la ignorancia funcional, al mundo de la mentira como verdad, al sometimiento de consciencias y al mercantilismo desaforado infectado de individualismo y consumismo.

De las fuerzas políticas actuales (que dicen ser emanación de la voluntad popular o de las clases trabajadoras) no podemos esperar menos que un modelo comprensivo y dinámico que, en materia de cultura y comunicación, se disponga a corregir las asimetrías en el campo de la disputa por el sentido. Que sepa desarrollar un arsenal de herramientas para la crítica (en todos los “sentidos”) ante la hegemonía de la “Iniciativa Privada”; contra el burocratismo clientelista y contra el silenciamiento de las comunidades semánticas más variadas que, además de diversas, son mayoría abrumadora. Que, además de las herramientas para la crítica ponga al alcance de todos los cuerpos legales, las fuentes metodológicas, los espacios de formación, las herramientas de producción, las infraestructuras de transmisión, los modelos de evaluación y la dinámica de la retroalimentación. Abiertas, participativas, auto gestionadas, autónomas y de revocabilidad consensuada desde las bases. Para empezar.

No es posible aceptar políticas de cultura y comunicación sin consultas desde las bases y desde la historia. No es aceptable abandonarse a los caprichos del mecenazgo, no es recomendable aspirar al mundo feliz de las “industrias culturales” reproductoras de la lógica de la mercancía en el campo de las ideas y las emociones sociales. Cultura y comunicación no son mercancías, son Derechos Humanos Fundamentales y al Estado compete su desarrollo, ensanchamiento y profundización. O será nada.
Una organización política que en su “agenda” no contenga, como prioridad de corto plazo, el desarrollo de una Política de cultura y comunicación, descolonizadora y transformadora, debe revisarse a fondo contrastándose con los hechos duros y crudos que han venido amenazando a las democracias en las décadas recientes, tal como lo advirtió el Informe MacBride de 1980. No es que falten casos ejemplo, autores denunciantes ni amarguras realmente existentes en el escenario actual donde la cultura y la comunicación han sido secuestradas por los poderes monopólicos trasnacionales. Lo que sí está faltando es la decisión política de fuerzas organizadas, con mandato de la clase trabajadora, para desplegar una experiencia nueva y renovadora atenta a las exigencias de los tiempos actuales y del futro inmediato.
“Se requieren nuevos discursos y enfoques que sirvan de referencia a las políticas culturales” ya reclamaba Irina Bokova de la UNESCO. En su reclamo, desde luego están las exigencias cualitativas y cuantitativas, están las consideraciones administrativas y de gestión gubernamental, además de estar a expectativa geopolítica acentuada en una visión Sur-Sur. Y lo que está faltando es la ordenación de las acciones que garanticen un cambio de paradigmas, a fondo, por cuanto compete a la comprensión teórica y práctica de la cultura y la comunicación no sólo como expresiones “reflejo”, “espejo” del pensar y el “sentir” social sino como instrumentos para la acción transformadora directa. Hay que romper con resabios y taras de las “culturas” desarrolladas por los colonialismos para contar con pueblos mansos y tributarios de la riqueza para los “amos”.

Hace falta sepultar a la andanada mercantilista creadora de las “culturas” de la adicción (como el alcoholismo, la farmacodependencia y todas las adicciones autodestructivas). Hay que romper con todo lo que oprime y deprime a los pueblos, obligándolos a resignarse a una cultura de esclavo, a una moral de súbditos y a una estética colonizada que derivan siempre en beneficios comerciales para las clases opresoras. Eso falta a las políticas de cultura y comunicación que han de nacer en esta etapa y en el seno de las organizaciones políticas que quieran ser respetadas por su respeto histórico a las luchas de sus pueblos. Cultura y comunicación para la emancipación. Nuevo orden.

Fernando Buen Abad Domínguez

Dr. En filosofía

martes, 2 de julio de 2019

La agenda política de la derecha opositora venezolana se escribe con sangre…



…y se financia con dólares provenientes de la Casa Blanca y del narcogobierno colombiano.

La derecha opositora venezolana aún está convencida de que el único camino para retornar al poder político se transita financiando golpes de estado; ejecutando asesinatos selectivos; importando grupos paramilitares extranjeros para que operen dentro de nuestras fronteras, creando zozobra en la población; generando crisis artificiales que debilitan nuestro sistema económico; saboteando la gestión del gobierno para crear un ambiente de ingobernabilidad; infiltrando los organismos públicos para desde allí sabotear toda gestión y generar descontento social que pone al pueblo contra el gobierno; eliminando por la fuerza a los líderes sociales y a todos los que no piensen como ellos y a los que no encajan dentro de su círculo o clase social…

En el proyecto "político" que este sector dizque democrático le pretende vender al país como una "SALIDA", se contempla la muerte, el hambre, el saqueo y la guerra como medidas coercitivas urgentes, necesarias, congruentes y en un extremo de locura crónica, hasta justificables. Dentro de ese "proyecto de país" se valida todo acto de violencia y de violación de los derechos humanos, si el objetivo apunta a la salida –sea como sea– del Presidente Electo y Constitucional Nicolás Maduro del poder, y con él, el exterminio de todo lo que representa el Socialismo como tendencia ideológica y política en Venezuela y más allá.

A estas alturas del siglo XXI, cuando la tecnología ha convertido el mundo en una aldea global, es repugnante ver y oír a un grupo de politiqueros en situación de retiro, pensando y hablando de manera tan retrógrada. Este grupo que en otrora se consideró los amos del Valle, hoy siguen pensando que las conquistas políticas se alcanzan a fuerza de lanza y espada, como en el medioevo. Sus aspiraciones políticas están manchadas con sangre y lo ponen de manifiesto cuando a vox pópuli piden intervenciones militares extranjeras contra su propio país, piden que se ejecute un exterminio masivo de sus connacionales. Sus acciones rayan en el límite de la inmoralidad. Cuando están frente a una cámara de televisión juran amar la patria y la prensa de la burguesía internacional les refuerza y les secunda su discurso, pero cuando están en sus despachos privados la venden por un puñado de dólares provenientes de la Casa Blanca o de la "industria" del narcotráfico del narcogobierno colombiano.

Dentro de sus intereses no está defender la causa del venezolano de a pie y eso está claramente evidenciado. A esta jauría jurásica lo único que la mueve es su ambición por el poder. Si realmente sintieran amor por su patria y por su pueblo, pedirían, en lugar de intervenciones y sanciones, que se levante el bloqueo económico y financiero impuesto por el imperio norteamericano y sus gobierneros aliados; que cese el injerencismo y el financiamiento a grupos terroristas que pretenden exterminar la Revolución Bolivariana y al pueblo. Que se levante el cerco mediático impulsado por los medios de comunicación nacionales e internacionales, tarifados por la oligarquía burguesa.

Definitivamente, a un grupo de personeros que constantemente y por todos los medios habidos y por haber, están haciendo el llamado a la guerra y al asesinato del presidente de la república; de los líderes políticos y sociales; de los militares venezolanos y del pueblo, no se les puede llamar políticos, ni representan, en lo más mínimo, el pensar, el sentir y el hacer del pueblo noble, trabajador, heróico, entusiasta y libertador de Venezuela. A este grupo de personas y todas las organizaciones que representan solo se les puede reconocer como terroristas, ¡eso es lo que son!

No son, nunca han sido ni serán la mayoría electoral en nuestro país. Eso solo lo dicen y lo sostienen los medios de comunicación de la burguesía parasitaria, que son sus propios medios, creados y tarifados por ellos. Si en realidad fueran la mayoría que pregonan no le temerían a unas elecciones, como lo manifiestan en su propio pedido: "libres", pero como ya han perdido ciertos privilegios, entre ellos, la capacidad de conquistar el poder político por la vía democrática y electoral, recurren a la violencia como su mejor y más significativa propuesta y proyecto de país. La agenda de la oposición política venezolana, se escribe con sangre.

Ernesto Useche
Comunicador Popular
@MariscalSucreLK
ernestouseche@gmail.com

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