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jueves, 27 de junio de 2019

Los daños sociales de la desinformación


Desinformar no sólo es suspender la “transmisión” de “datos”, es también sepultar un canon social informativo obligatorio. Es reducir el acto de informar al capricho convenenciero de los fabricantes de “noticias”
No se tipifican ni penalizan, con los rigores éticos o jurídicos más obvios, los daños que produce la desinformación y que son siempre muy severos contra el tejido social todo, ocurran donde ocurran. No hay atenuantes. A estas alturas de la historia la agenda temática indispensable para cualquier sociedad no es un misterio ni un enigma indescifrable. No hay territorio en el planeta que no tenga urgencia de saber qué pasa (verdaderamente) con la economía, no como la trama de negociados procaces culpables de la miseria sino como la realidad cruda y dura del paradero de las riquezas producidas por los trabajadores. Y sobre eso reina la inanición informativa. No hay territorio que no requiera saber, con nitidez escrupulosa, qué hacen los “políticos”, no por el entramado tóxico del trafico de influencias, favores u odios entre ellos, sino por la calidad y la cantidad de los problemas sociales que deben atender bajo mandato democrático. No hay palmo de planeta que pueda confiar en su estructura social sin conocer la dinámica completa del avance de sus derechos y sus responsabilidades frente a la complejidad misma de su dialéctica histórica, en las ciencias, en las artes, en la conflictividad y principalmente en la evolución de sus luchas, todas y cada una, en el espectro complejo de las conductas en comunidad. Y eso es de lo que más se silencia y tergiversa. Desfigurar los hechos es también desinformar. Hace mucho tiempo, en los métodos y los instrumentales científicos de la producción informativa, dejó de tener valor la excusa de la ignorancia. Lo que se publica –o lo que se silencia– tiene la marca de los grupos de “inteligencia”, públicos o privados, que operan dentro y fuera de los medios de información. Ahí se cuecen los datos, su extensión, su profundidad, su calidad y su cantidad. Ahí se definen los temas y se define el “canon” informativo obligatorio que una sociedad requiere para su desempeño cotidiano. Pero, bajo el capitalismo, que ha convertido la información también en mercancía, secuestrada para tribulaciones políticas o mercenarias, el “canon” (el conjunto mínimo obligatorio de información) no obedece a la producción social de conocimiento colectivo sino a la lógica de la ignorancia de mercado.
Tal “canon” y su dialéctica histórica, son hoy una referencia ineludible para medir la calidad y cantidad de la producción, la distribución y la interlocución con la información ofertada. Hay perfiles etarios, de género, de oficio, de orientaciones políticas, estéticas o científicas. Hay datos, poblaciones suficientes, relevamientos geográficos, climatológicos económicos, políticos y culturales abundantes, como para proveer a las sociedades enteras con informaciones pertinentes, oportunas, amplias y críticas. Sin excusas, sin pretextos y sin omisiones. Y, sobre todo, proveer al “canon” con verdad científica, diversa, rica, consensuada y enriquecida permanentemente. Hay métodos avanzados para garantizarlo a pesar de que la niebla de mediocridad y servilismo que cubre a la mayoría de los “medios” no permita que se conozca la fuerza de la ciencia al servicio de la información social cotidiana.
Desinformar no sólo es suspender la “transmisión” de “datos”, es también sepultar un canon social informativo obligatorio. Es reducir el acto de informar al capricho convenenciero de los fabricantes de “noticias”. Es redactar corpus cercenados, al antojo de una ofensiva contra la consciencia de los interlocutores, para entregarles una visión (o noción) de la realidad deformada, desfigurada, desinformada. Es un fraude de punta a punta. No es una “omisión” más o menos interesada o tendenciosa… no es una “falla” del método; no es un accidente de la lógica narrativa; no es un incidente en la composición de la realidad; no es una “peccata minuta” del “descuido”; no es una errata del observador; no es miopía técnica ni es, desde luego, “gaje del oficio”. Es lisa y llanamente una canallada contra el conocimiento, un delito de lesa humanidad. Es como privar a los pueblos de su Derecho a la Educación.
A estas alturas de la historia y, especialmente de la historia de los “medios de comunicación”, es insustentable e insoportable cualquier escusa para informar oportuna, amplia y responsablemente. No hay derecho que justifique la acción deliberada de silenciar lo que ocurre y, en el poco probable caso de que un medio de información no se entere de los que ocurre, ese medio realmente no merece respeto alguno. La excusa de “no saber”, de “no conocer”, de “no tener información” para, por ello, no asumir la responsabilidad profesional y ética que le compete a un medio informativo… es francamente sospechosa y ridícula. ¡Renuncien! Ningún pueblo debería soportar la ineficiencia inducida de un medio, concesionado por tal sociedad, para el ejercicio profesional y obligatorio de transmitir la información que es propiedad social. Hay tecnología y metodología suficientes que invalidan toda palabrería esmerada en excusar las intenciones míseras de los que desinforman. Incluso si lo hacen mintiendo con emboscadas finamente elaboradas en laboratorios de guerra psicológica.
Artículo 19: Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.” Declaración Universal de los Derechos Humanos. A la vista de todas las canalladas inventadas por el capitalismo para violar el legítimo derecho de los pueblos a la mejor información evaluada ética y científicamente por las sociedades, bien vendría instruir una revolución jurídico-política hacia una nueva Justicia Social irreversible que tuviera como ejes prioritarios los que competen a la Cultura y a la Comunicación como inalienables. O dicho de otro modo, que nunca más la Cultura, la Comunicación ni la Información puedan ser reducidas, retaceadas ni regateadas por el interés de la clase dominante contra las necesidades de las clases oprimidas, impunemente.▪

Fernando Buen Abad Domínguez
Dr. En Filosofía
@FBuenAbad

lunes, 18 de marzo de 2019

New York Times, CNN Y FORBES desatan crisis existencial en periodismo opositor venezolano (+Clodovaldo)



Una crisis existencial sacude actualmente a ciertos sectores de la comunicación masiva de tendencia opositora. No es para menos: su verdad ha sido cuestionada, no por gente a la que están acostumbrados a descalificar (y entrenados para hacerlo), sino por medios que hasta ahora habían sido referencias importantes, faros y guías de su quehacer.

Llueve y no escampa para esta gente. Primero fueron varios medios, entre ellos la muy antichavista CNN, que osaron usar la expresión “autoproclamado” para referirse a Juan Guaidó, en lugar de llamarlo presidente encargado o interino, tal como, al parecer, se había acordado en una especie de consenso semántico  de los grandes poderes políticos, diplomático y mediáticos.

Es surrealista, pero debemos aclararlo por si acaso alguien lee esta nota dentro de algunos años. La denominación autoproclamado o autojuramentado es estrictamente veraz porque Guaidó se juramentó a sí mismo en medio de una manifestación callejera, pero los impulsores del consenso semántico se pusieron bravos con esa veracidad, al punto de que el Departamento de Estado reprendió públicamente a sus compinches descarriados].

Luego vino lo peor. El excelso diario The New York Times, uno de los sueños dorados de casi todo periodista fabricado en las escuelas de Comunicación Social de Venezuela, ha tenido la desfachatez de decir la verdad sobre la quema de los camiones en el puente internacional [Simón Bolívar] el 23 de febrero, contraviniendo un acuerdo tácito que en este caso –por lo que se entiende– no era solo sobre la semántica sino algo más profundo: sobre la realidad misma.

Ese sí que fue un mazazo en el medio de la coronilla y no se los pegó Diosdado Cabello, sino un medio gringo de toda gringuitud, casi un mito del periodismo estadounidense, solo comparable en su rol superheróico con El Planeta, ese donde trabajan Clark Kent y Luisa Lane.

Otra necesaria acotación: el NYT estuvo muy lejos de ser el primero en afirmar que los camiones fueron quemados por guarimberos opositores, no por funcionarios del gobierno. En vivo y directo lo hicieron varios otros medios, incluyendo este portal, LaIguana.TV, y la televisora Telesur, pero para que se desatara la crisis existencial fue necesario que un órgano validado por el statu quo mediático certificara como cierto lo que ya demostraban innumerables videos, fotos, audios y testimonios].

El tercer impacto vino por cuenta de la revista Forbes, que salió a escena para adelantar que es perfectamente viable la posibilidad de que  el apagón nacional del 7 de marzo haya sido causado por un sabotaje perpetrado de manera remota por EEUU, tal como lo ha denunciado el gobierno de Venezuela.

Y, para completar esta especie de repentino ataque de veracidad mediática, vuelve a aparecer CNN, esta vez con una investigación sobre un acontecimiento ocurrido hace más de siete meses: el magnicidio frustrado del 4 de agosto de 2018. El reportaje demuestra que fue cierto el complot planificado y ensayado en Colombia para asesinar al presidente Nicolás Maduro, un hecho que los medios y periodistas opositores tanto globales como venezolanos se cansaron de negar, refutar y ridiculizar.

Este último episodio ya le dio al asunto un giro de alta sospecha, pues nadie estaba esperando que este tema reflotara en un momento como el actual. Resultó inevitable pensar que algo raro están tramando los jefes del NYT, CNN y otros medios, algo seguramente relacionado con las maneras de disputarse el poder que tienen las mafias políticas de EEUU.

Como sea, queda en evidencia que la verdad para esos grandes medios es una herramienta que solo usan cuando les conviene. Por eso casi nunca la hacen relucir en un primer momento, sino que la esconden hasta que sea buen negocio (político o económico) echarla a rodar.

A pesar de tan cuestionable sentido de la ética informativa, estos medios globales quedan mejor parados que los medios y periodistas opositores de acá que, en el trance de su tremenda crisis existencial, claman porque se restablezcan de inmediato las “verdades” fabricadas por el consenso político-diplomático-mediático.

Preguntaría Mafalda: Pero, ¿qué clase de periodismo es esa?

Clodovaldo Hernández
LaIguana.TV

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